Entró y se quedó parado apenas después del umbral, de modo que cuando entré detrás de él, quedamos muy juntos. Aproveché para abrazarlo desde atrás. Giró la cabeza y me susurró al oído. Quiero ser tu putita.
"Cómo" y "cuándo" son lo que te hace profesional, sabes cómo hacer y en qué momento exacto. Así era Él, profesional, maestro de mi libido. Esas palabras en ese tono y en ese contexto sabían librar cada oficina de mi burocracia mental, de las reservas moralinas que me inculcaron en el catecismo, para disparar de inmediato la reacción adecuada.
Dímelo otra vez. Quiero ser tu putita. ¿Por qué susurras? Quiero ser tu putita. Ruégamelo. Quiero ser tu putita.
Flexioné mis rodillas ligeramente para que empujaran las corvas de Él. No con fuerza, no quería hacerlo caer, sólo quería darle la instrucción. Claro que entendió, teníamos un lenguaje bastante practicado. Mientras se arrodillaba tiré hacia arriba de su playera y conformé él llegaba al suelo, se la quité. La doblé por lo largo y le vendé los ojos con ella.
¿Seguro que quieres ser mi putita? Sí, sólo eso quiero.
Me coloqué frente a él y toqué su boca.
¿De quién son estos labios? Tuyos. Muy bien.
Acerqué mi pubis a su oído derecho y bajé el cierre, tembló ante el sonido zumbante de la promesa de éxtasis. Introduje mi mano en el pantalón y saqué mi pene, a penas empezaba a endurecerse. Para ayudarme lo coloqué sobre su rostro, con golpecitos al rededor de la boca, las orejas y frotándolo contra su abundante barba. Quiso agarrarlo.
¿A dónde van esas manos?
Se detuvo.
Las manos de mis putitas van en la espalda.
Colocó sus manos atrás.
A menos que ya no quieras esto.
Y retiré mi pene de su rostro.
Sí lo quiero, sí lo quiero.Vas a tener que esforzarte más para alcanzar lo que quieres; mis putitas van por lo quieren.
Lo dije mientras caminaba hacia atrás sobre el pasillo. Comenzó a andar sobre sus rodillas, siempre con la boca abierta y la cabeza echada hacia adelante. El pasillo era largo, unos cinco metros, y yo me detenía cada tanto para darle la oportunidad de a penas sentir mi glande en sus labios. Pero lo retiraba justo cuando Él intentaba meterlo todo en su boca.
Como ya dije, el pasillo era largo y con la vista obstruida, andando a gatas y el deseo mismo deletreándose ORAL, cinco metros pueden ser bastante. Pero lo hizo bien, llegó hasta el final porque mis putitas no se rinden. Entonces le permití que lo tuviera. Se abalanzó casi con violencia, después de todo había acumulado cinco metros de ansiedad. Quitó las manos de su espalda para bajarme el pantalón, retirarse la camisa de los ojos y agarrarme ambas nalgas para que no me le volviera a escapar. No dije nada, mis putitas pueden desobedecer una vez que me han hecho caso.
Justo cuando yo llegaba al orgasmo, extendió su mano un poco y su dedo medio se enfiló hacia mi ano. Gemí del modo en que sólo gimo cuando sólo Él sabe hacer sólo eso sólo en el momento adecuado. Por eso Él lo hace, porque no puedo resistirme, porque cada invitación a tornarlo mi putita desencadena una improvisación nueva pero lleva al resultado que ya sabemos.
Mis putitas dicen cuándo empezamos y cómo terminamos.
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