martes, 18 de octubre de 2016

Malentendidos

Yo acababa de llegar a vivir a una colonia del poniente de la Ciudad de Mëxico. Vine a estudiar diseño a una universidad en esa misma zona. Es una parte muy cómoda de la ciudad, hay de todo y cerca. Puedes ir de casa a la escuela, a comprar víveres o a un bar en bici o caminando. Es bueno para el planeta.
Ese día fui a buscar una tienda que había localizado en internet. Tomé una calle equivocada y terminé bien perdido. Decidí preguntar. Una camioneta blanca, una Escalade, estaba parada en la esquina. La chica de adentro estaba muy bien, muy guapa... la opción obvia para preguntar. Me acerqué y toqué un par de veces en el vidrio, volteó y sonreí. Bajó la ventana y me miró un buen rato con esos ojazos café claro de estudianta en celo, yo no supe decir nada. Me miraba de arriba a abajo una y otra vez. Entonces se acarició una chichi muy discretamente, muy suave, con el índice de una mano por el lado de abajo de la chichi, hasta llegar a - supongo - el pezón y de vuelta. Un gesto que habría podido parecer nada más que una posición casual para su mano. Se mordió el labio inferior, se estremeció ligeramente todo su cuerpo.
- Súbete.
No entendí. No quise entender. No supe entender.
- Súbete ya, pero atrás.
Volvieron a mi mente su dedo bajo su chichi tan redonda y sus dientes sobre los labios, ambos gestos que hizo mientras me miraba. Tenía que hacerle caso. Le hice caso. 
Mientras manejaba me comía por el retrovisor.
- Justo así te pedí. Me gustan con cara de bebé.
Tenía un ligero acento, tal vez sudamericano, pero a todas luces se empeñaba en hablar como mexicana.
- ¿Eres rubio o te pintas?
- Todo natural.
- ¿Eres rubio de todos lados?
El asunto era en serio, entendí en ese momento.
- De todos.
Pero ella había dicho que así me había pedido. ¿A quién? Sólo más tarde, cuando hubimos llegado a un hotel, supe que me estaba confundiendo, que había contratado a algún muchacho, pero llegué yo por casualidad.
- Creí que no ibas a llegar, al que me contestó no le gustó eso de que yo pasaba por ti en la calle - comentó en un alto.
A seguir el juego.
- Sí, bueno, yo lo convencí. Trabajo es trabajo. Además te ves...
Frenó bruscamente. Luego supuse que vio pasar a algún conocido o sólo creyó reconocer a alguien. No volví a hablar en el camino, pero comencé a tocarme sobre la ropa cada vez que ella miraba por el espejo. Esta era una confusión que no podía desaprovechar.
El hotel estaba relativamente cerca, en alguna colonia vecina, sobre una callejuela junto a un mercado. Llegamos caminando, porque dejó la camioneta en una calle de mejor aspecto. El hotel no se veía mejor que la callejuela. En ese momento me dio un poco de miedo, en el mejor de los casos me iban a pegar pulgas allí. Era un lugar muy gachito para una chava que se veía de clase alta. Tal vez no era una falsa clienta ni yo un falso sexoservidor, tal vez pertenecía a una de esas bandas de robo de órganos que salían en las cadenas de correo electrónico, cuando el correo electrónico todavía se usaba.
Resultó que no, que sólo quería la discreción de un lugar que no visita el resto de la gente bien. Tan pronto cerramos la puerta de la habitación, la tomé por la cintura y la jalé hacia mí, se dejó y sólo puso un poco de resistencia con los brazos sobre mi pecho, como amortiguando.
- Está bien. Quiero firme, pero cariñoso.
No dijimos más. Le quité la ropa de ejecutiva allí, parados tras la puerta. Fui cariñoso, nunca paré de acariciar su rostro, nunca hice nada demasiado repentino o brusco. Le dejé saber cada movimiento antes de hacerlo. Sólo cuando le quité el bra me detuve de cualquier atención, la chichis me pueden. Eran medianas, caían sobre el pecho plegándose en la base.. tan, tan, tan redondas.
Por algún motivo no usamos la cama, tal vez a ella también le preocupaban las pulgas. Cambiamos de pared un par de veces para recargarnos, pero el lugar preferido fue una esquina. Allí la masturbé mucho tiempo. No hacía ruido, no gemía, no hablaba, sólo exhalaba de manera entrecortada y con cada exhalación se contraía ligeramente hacia adelante. 
Con el orgasmo se contrajo con más fuerza y se quedó curvada hacia adelante. Yo tenía mi mano derecha en su vulva y con la izquierda - en su espalda baja - pude sentir cómo se tensaban sus músculos. Al arquearse hacia adelante, su pecho se encontró con el mío, su hombro contra mi hombro, lo tomó y lo apretó suavemente sólo tocándome con las yemas de los dedos. Abrió la boca y exhaló una sola vez de golpe, apretó los párpados con mucha fuerza y quedó así por unos diez segundos.
Cuando se relajó de nuevo puso los brazos al rededor de mi cuello, nos besamos. Al cabo de poco se retiró y preguntó.
- No sé cómo es esto, ¿tú traes condón?
¿Que debía responder? Por supuesto que yo no llevaba un condón.
- Tenemos un control médico muy estricto, porque las clientas prefieren sin condón, entonces...
Me miró muy seria, yo pensé que ya todo el asunto había valido madres. Se dio media vuelta y recargó su pecho sobre la esquina, no recargó su pubis, así que sus nalgas quedaron bien paradas.
- Métemelo, nomás vente afuera.
No me lo creía, no me lo creía, pero lo hice. La verdad es que yo había tenido poco sexo antes de eso y siempre con condón. La sensación no tenía igual. Su reacción fue igual que antes, exhalaciones silenciosas y entrecortadas. Esta vez en su orgasmo, al contraerse hacia adelante, se empujó contra la pared dando un impulso extra a la parte baja de su cuerpo que me permitió llegar muy adentro. Me mantuve allí mientras ella estaba inmóvil durante esos segundos postorgasmo. Luego seguí hasta que sentí que me venía. 
Venirme afuera. Casi no lo logré, casi me vengo adentro. Pero alcancé a salir y mi semen cayó sobre sus nalgas, acerqué mi mano y lo embarré en ellas. Creo que no le gustó, pero no dijo nada.
Entró al baño, se limpió el rostro, las manos, las nalgas y las chichis con agua del lavabo. Salió y se vistió. Metió la mano en su bolso y sacó su cartera.
- Mil trescientos, me habían dicho.
¡Claro! Recordé: esto es un servicio. Además hay paga. Me dio un fajo combinado entre 500 y 200.
- Y esto es de propina.
Trescientos más. ¡Vaya! Le había gustado. Durante la siguiente semana me pregunté por qué habría sido la propina. Si fue por coger sin condón, si fue por el semen embarrado, si fue por los dos orgasmos, si fue por mi cara de bebé. Quién sabe.
Justo antes de que ella alcanzara la perilla de la puerta, tuve una idea.
- Oye, si tratas directo conmigo, te puedo hacer un descuento. Nos saltamos al mediador.
Sonrió mientras respondía.
- ¿Cómo te voy a localizar?
- Pásame tu Facebook...
No bien terminé de decirlo cuando entendí lo estúpido de la propuesta. Se rió.
- Perdón, perdón, se me fue. Te doy mi celular.
Le di mi celular. No lo creía. Me habían pagado por tener sexo y podría volver a suceder.
No sé de qué modo regresé a casa, me tiré en la cama, me quedé dormido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario