Nuestra historia fue pervertida. Alevosía. Ventaja. Ultraje. Fuimos víctimas de los humanos menos.
Nosotros fuimos los humanos que más sinceridad demostraban ante nuestras propias almas, nuestras pulsiones, nuestros deseos. Nunca escondimos nada.
Para vivir necesitábamos los fluidos más vitales, los que transmiten la creación de la vida, pero entregados a voluntad propia, porque ese es el gozo de la vida misma: la entrega en libertad. El blanco semen de los hombres y el rojo periodo de las mujeres nos nutrían. Y nos solían ser entregados a voluntad porque pagábamos muy bien por ellos, nuestras recompensas venían de los rincones más desconocidos de nuestros propios cuerpos y traían el recuerdo del nacimiento mismo, el momento de la luz, del primer respiro tras haber vencido el dolor y el esfuerzo, la totalidad en un instante. Cambiábamos vida por vida, traíamos la conciencia de estar en esta tierra y en estos cuerpos en sus movimientos, en sus sudores, en sus roces, en sus fricciones, en sus espasmos, en sus sacudidas, en sus sonidos, en sus aires, en sus vahos, en sus vísceras, en sus olores: celebrábamos cada cosa que nos mantenía aquí y ahora.
El miedo azotó los sentidos de muchos humanos, trastocaron los significados y donde había gozo inventaron el pecado, donde libertad, la moral. Sus almas injustificables olvidaron que el semen es blanco y se deposita en el negro interior del cuerpo y en su miedo nos reinventaron como mentira. Hablaron de colmillos desgarradores, cuando nosotros enseñábamos a usarlos para erizar los vellos de la piel. Hablaron de drenar la sangre de los cuellos, cuando en los cuellos nosotros veíamos interminables pergaminos que clamaban la tinta de la lengua. Hablaron como malvada de nuestra amistad con las criaturas de la noche, cuando de ellas aprendíamos nuevas posiciones y llamados. Hablaron de magias tenebrosas, cuando la única magia que teníamos era la de inventar formas de intimidad.
Upir, wampir, vampir, vampiros, dijeron. Eso nos impusieron puesto que eso mismo es lo único que ellos podían ser, ladrones de la vida en sus túnicas, sus títulos, sus profecías y sus mandamientos.
sábado, 5 de noviembre de 2016
martes, 18 de octubre de 2016
Instantánea II
Abrí la puerta del departamento que rentábamos por los últimos días y lo dejé entrar primero. Sabíamos que se nos acababa la magia, pero no hablábamos de ello. En unos días Él volvería a México con su familia y yo intentaría hacer fortuna en Vancouver, mientras tanto, Chicago era nuestro.
Entró y se quedó parado apenas después del umbral, de modo que cuando entré detrás de él, quedamos muy juntos. Aproveché para abrazarlo desde atrás. Giró la cabeza y me susurró al oído. Quiero ser tu putita.
"Cómo" y "cuándo" son lo que te hace profesional, sabes cómo hacer y en qué momento exacto. Así era Él, profesional, maestro de mi libido. Esas palabras en ese tono y en ese contexto sabían librar cada oficina de mi burocracia mental, de las reservas moralinas que me inculcaron en el catecismo, para disparar de inmediato la reacción adecuada.
Dímelo otra vez. Quiero ser tu putita. ¿Por qué susurras? Quiero ser tu putita. Ruégamelo. Quiero ser tu putita.
Flexioné mis rodillas ligeramente para que empujaran las corvas de Él. No con fuerza, no quería hacerlo caer, sólo quería darle la instrucción. Claro que entendió, teníamos un lenguaje bastante practicado. Mientras se arrodillaba tiré hacia arriba de su playera y conformé él llegaba al suelo, se la quité. La doblé por lo largo y le vendé los ojos con ella.
¿Seguro que quieres ser mi putita? Sí, sólo eso quiero.
Me coloqué frente a él y toqué su boca.
¿De quién son estos labios? Tuyos. Muy bien.
Acerqué mi pubis a su oído derecho y bajé el cierre, tembló ante el sonido zumbante de la promesa de éxtasis. Introduje mi mano en el pantalón y saqué mi pene, a penas empezaba a endurecerse. Para ayudarme lo coloqué sobre su rostro, con golpecitos al rededor de la boca, las orejas y frotándolo contra su abundante barba. Quiso agarrarlo.
¿A dónde van esas manos?
Se detuvo.
Las manos de mis putitas van en la espalda.
Colocó sus manos atrás.
A menos que ya no quieras esto.
Y retiré mi pene de su rostro.
Sí lo quiero, sí lo quiero.Vas a tener que esforzarte más para alcanzar lo que quieres; mis putitas van por lo quieren.
Lo dije mientras caminaba hacia atrás sobre el pasillo. Comenzó a andar sobre sus rodillas, siempre con la boca abierta y la cabeza echada hacia adelante. El pasillo era largo, unos cinco metros, y yo me detenía cada tanto para darle la oportunidad de a penas sentir mi glande en sus labios. Pero lo retiraba justo cuando Él intentaba meterlo todo en su boca.
Como ya dije, el pasillo era largo y con la vista obstruida, andando a gatas y el deseo mismo deletreándose ORAL, cinco metros pueden ser bastante. Pero lo hizo bien, llegó hasta el final porque mis putitas no se rinden. Entonces le permití que lo tuviera. Se abalanzó casi con violencia, después de todo había acumulado cinco metros de ansiedad. Quitó las manos de su espalda para bajarme el pantalón, retirarse la camisa de los ojos y agarrarme ambas nalgas para que no me le volviera a escapar. No dije nada, mis putitas pueden desobedecer una vez que me han hecho caso.
Justo cuando yo llegaba al orgasmo, extendió su mano un poco y su dedo medio se enfiló hacia mi ano. Gemí del modo en que sólo gimo cuando sólo Él sabe hacer sólo eso sólo en el momento adecuado. Por eso Él lo hace, porque no puedo resistirme, porque cada invitación a tornarlo mi putita desencadena una improvisación nueva pero lleva al resultado que ya sabemos.
Mis putitas dicen cuándo empezamos y cómo terminamos.
Malentendidos
Yo acababa de llegar a vivir a una colonia del poniente de la Ciudad de Mëxico. Vine a estudiar diseño a una universidad en esa misma zona. Es una parte muy cómoda de la ciudad, hay de todo y cerca. Puedes ir de casa a la escuela, a comprar víveres o a un bar en bici o caminando. Es bueno para el planeta.
Ese día fui a buscar una tienda que había localizado en internet. Tomé una calle equivocada y terminé bien perdido. Decidí preguntar. Una camioneta blanca, una Escalade, estaba parada en la esquina. La chica de adentro estaba muy bien, muy guapa... la opción obvia para preguntar. Me acerqué y toqué un par de veces en el vidrio, volteó y sonreí. Bajó la ventana y me miró un buen rato con esos ojazos café claro de estudianta en celo, yo no supe decir nada. Me miraba de arriba a abajo una y otra vez. Entonces se acarició una chichi muy discretamente, muy suave, con el índice de una mano por el lado de abajo de la chichi, hasta llegar a - supongo - el pezón y de vuelta. Un gesto que habría podido parecer nada más que una posición casual para su mano. Se mordió el labio inferior, se estremeció ligeramente todo su cuerpo.
- Súbete.
No entendí. No quise entender. No supe entender.
- Súbete ya, pero atrás.
Volvieron a mi mente su dedo bajo su chichi tan redonda y sus dientes sobre los labios, ambos gestos que hizo mientras me miraba. Tenía que hacerle caso. Le hice caso.
Mientras manejaba me comía por el retrovisor.
Mientras manejaba me comía por el retrovisor.
- Justo así te pedí. Me gustan con cara de bebé.
Tenía un ligero acento, tal vez sudamericano, pero a todas luces se empeñaba en hablar como mexicana.
- ¿Eres rubio o te pintas?
- Todo natural.
- ¿Eres rubio de todos lados?
El asunto era en serio, entendí en ese momento.
- De todos.
Pero ella había dicho que así me había pedido. ¿A quién? Sólo más tarde, cuando hubimos llegado a un hotel, supe que me estaba confundiendo, que había contratado a algún muchacho, pero llegué yo por casualidad.
- Creí que no ibas a llegar, al que me contestó no le gustó eso de que yo pasaba por ti en la calle - comentó en un alto.
A seguir el juego.
A seguir el juego.
- Sí, bueno, yo lo convencí. Trabajo es trabajo. Además te ves...
Frenó bruscamente. Luego supuse que vio pasar a algún conocido o sólo creyó reconocer a alguien. No volví a hablar en el camino, pero comencé a tocarme sobre la ropa cada vez que ella miraba por el espejo. Esta era una confusión que no podía desaprovechar.
El hotel estaba relativamente cerca, en alguna colonia vecina, sobre una callejuela junto a un mercado. Llegamos caminando, porque dejó la camioneta en una calle de mejor aspecto. El hotel no se veía mejor que la callejuela. En ese momento me dio un poco de miedo, en el mejor de los casos me iban a pegar pulgas allí. Era un lugar muy gachito para una chava que se veía de clase alta. Tal vez no era una falsa clienta ni yo un falso sexoservidor, tal vez pertenecía a una de esas bandas de robo de órganos que salían en las cadenas de correo electrónico, cuando el correo electrónico todavía se usaba.
Resultó que no, que sólo quería la discreción de un lugar que no visita el resto de la gente bien. Tan pronto cerramos la puerta de la habitación, la tomé por la cintura y la jalé hacia mí, se dejó y sólo puso un poco de resistencia con los brazos sobre mi pecho, como amortiguando.
- Está bien. Quiero firme, pero cariñoso.
No dijimos más. Le quité la ropa de ejecutiva allí, parados tras la puerta. Fui cariñoso, nunca paré de acariciar su rostro, nunca hice nada demasiado repentino o brusco. Le dejé saber cada movimiento antes de hacerlo. Sólo cuando le quité el bra me detuve de cualquier atención, la chichis me pueden. Eran medianas, caían sobre el pecho plegándose en la base.. tan, tan, tan redondas.
Por algún motivo no usamos la cama, tal vez a ella también le preocupaban las pulgas. Cambiamos de pared un par de veces para recargarnos, pero el lugar preferido fue una esquina. Allí la masturbé mucho tiempo. No hacía ruido, no gemía, no hablaba, sólo exhalaba de manera entrecortada y con cada exhalación se contraía ligeramente hacia adelante.
Con el orgasmo se contrajo con más fuerza y se quedó curvada hacia adelante. Yo tenía mi mano derecha en su vulva y con la izquierda - en su espalda baja - pude sentir cómo se tensaban sus músculos. Al arquearse hacia adelante, su pecho se encontró con el mío, su hombro contra mi hombro, lo tomó y lo apretó suavemente sólo tocándome con las yemas de los dedos. Abrió la boca y exhaló una sola vez de golpe, apretó los párpados con mucha fuerza y quedó así por unos diez segundos.
Con el orgasmo se contrajo con más fuerza y se quedó curvada hacia adelante. Yo tenía mi mano derecha en su vulva y con la izquierda - en su espalda baja - pude sentir cómo se tensaban sus músculos. Al arquearse hacia adelante, su pecho se encontró con el mío, su hombro contra mi hombro, lo tomó y lo apretó suavemente sólo tocándome con las yemas de los dedos. Abrió la boca y exhaló una sola vez de golpe, apretó los párpados con mucha fuerza y quedó así por unos diez segundos.
Cuando se relajó de nuevo puso los brazos al rededor de mi cuello, nos besamos. Al cabo de poco se retiró y preguntó.
- No sé cómo es esto, ¿tú traes condón?
¿Que debía responder? Por supuesto que yo no llevaba un condón.
- Tenemos un control médico muy estricto, porque las clientas prefieren sin condón, entonces...
Me miró muy seria, yo pensé que ya todo el asunto había valido madres. Se dio media vuelta y recargó su pecho sobre la esquina, no recargó su pubis, así que sus nalgas quedaron bien paradas.
- Métemelo, nomás vente afuera.
No me lo creía, no me lo creía, pero lo hice. La verdad es que yo había tenido poco sexo antes de eso y siempre con condón. La sensación no tenía igual. Su reacción fue igual que antes, exhalaciones silenciosas y entrecortadas. Esta vez en su orgasmo, al contraerse hacia adelante, se empujó contra la pared dando un impulso extra a la parte baja de su cuerpo que me permitió llegar muy adentro. Me mantuve allí mientras ella estaba inmóvil durante esos segundos postorgasmo. Luego seguí hasta que sentí que me venía.
Venirme afuera. Casi no lo logré, casi me vengo adentro. Pero alcancé a salir y mi semen cayó sobre sus nalgas, acerqué mi mano y lo embarré en ellas. Creo que no le gustó, pero no dijo nada.
Venirme afuera. Casi no lo logré, casi me vengo adentro. Pero alcancé a salir y mi semen cayó sobre sus nalgas, acerqué mi mano y lo embarré en ellas. Creo que no le gustó, pero no dijo nada.
Entró al baño, se limpió el rostro, las manos, las nalgas y las chichis con agua del lavabo. Salió y se vistió. Metió la mano en su bolso y sacó su cartera.
- Mil trescientos, me habían dicho.
¡Claro! Recordé: esto es un servicio. Además hay paga. Me dio un fajo combinado entre 500 y 200.
- Y esto es de propina.
Trescientos más. ¡Vaya! Le había gustado. Durante la siguiente semana me pregunté por qué habría sido la propina. Si fue por coger sin condón, si fue por el semen embarrado, si fue por los dos orgasmos, si fue por mi cara de bebé. Quién sabe.
Justo antes de que ella alcanzara la perilla de la puerta, tuve una idea.
- Oye, si tratas directo conmigo, te puedo hacer un descuento. Nos saltamos al mediador.
Sonrió mientras respondía.
- ¿Cómo te voy a localizar?
- Pásame tu Facebook...
No bien terminé de decirlo cuando entendí lo estúpido de la propuesta. Se rió.
- Perdón, perdón, se me fue. Te doy mi celular.
Le di mi celular. No lo creía. Me habían pagado por tener sexo y podría volver a suceder.
No sé de qué modo regresé a casa, me tiré en la cama, me quedé dormido.
Solidaridad
Tuve una experiencia importante que me ayudó a confirmarme en mi vocación hacia el cuerpo... hacia el El Cuerpo. Edith - por supuesto no es ese su nombre real - era mi roomie, una de tres en el departamento que rentábamos entre estudiantes. Edith era mitad sueca, cosa difícil de suponer porque los genes recesivos de su rubia madre cedieron ante el nachonal pagüer de su morelense padre. Estatura alta - único rastro de su origen escandinavo - cabello negro con el brillo que tienen los objetos realmente obscuros como el carbón o la obsidiana, ojos con esa forma de avellana nativa del México profundo, nariz ligeramente abombada en la punta, piel del tono moreno que tiene el olor de la tierra después de llover, cejas fuertes como las de Keira Knightley, boca pequeña y suave como para conducirla poco a poco hacia un beso, dos senos llegando a tamaño mediano - de los que hablaré más adelante - cintura a penas presente, caderas que hacían buena pareja con los senos y, last but not least, piernas sinceras y firmes, que aunque no destacarían en ningún concurso de modelos, a mí me encantaban por el modo tan despreocupado e infantilmente coqueto con que las lucía en sus minifaldas.
Esa era Edith y sus senos eran un tema. Fantaseaba con ellos de muchos modos. Pero mi versión favorita del fantaseo es intentar adivinar su forma El tamaño de los senos es siempre engañoso por culpa de los brazieres, que no están diseñados a partir de los distintos tipos de pechos, están hechos como si todos los senos estuvieran perfectamente orientados hacia el frente. Los frabricantes de brazieres suelen ignorar que los senos son una materia de complejidad infinita, con variables múltiples, volúmenes, espacios de separación, orientaciones de caída, tipos de abultamiento, altura de inicio sobre el pecho, pero también altura a la que se despegan del mismo en su parte inferior - si lo hacen - lo que incide junto con su volúmen en el hecho de que se plieguen o no sobre el tórax... Y mil cosas más. El punto es sobre los pechos de Edith que, yo calculaba, eran de esos que tienden a caer hacia los lados y que tenían una forma ligeramente puntiaguda hacia el pezón.
Esos eran los senos de Edith, de los que obtuve sufientes pistas gracias a la vida en una misma casa. Edith era mi amiga y roomie y yo dedicaba tiempo a fantasear sexualmente sobre ella, aunque no por ello la veía sólo como un posible acostón. Es como cuando vas al cine y sales fantaseando sobre qué habrías hecho en el lugar del protagonista, eso no quiere decir que te propongas seriamente ser un agente secreto, ni una patinadora olímpica. Tampoco quiere decir que no lo harías si pudieras. Es sólo que la mente vuela y juega, algunos hombres tenemos ciertos deseos y tenemos amigas con cuerpos atractivos y la mente vuela y juega. Sí podíamos ser sinceramente amigos, independientemente de que yo a veces soñara con metérmele entre las piernas. Así que frecuentemente Edith y yo visitábamos la habitación del otro nada más que para platicar, hacer la tarea en compañía o ver videos tontos en internet.
Más frecuentemente ella visitaba mi cuarto, porque el módem me quedaba más cerca. En una de esas ocasiones salí para ir a clase y ella se quedó en mi cuarto. Casi al llegar a la universidad recordé que el profesor había cancelado la clase, saldría a un congreso. Decidí volver a casa.
Ya de vuelta, estaba a punto de entrar a mi cuarto, apenas había colocado la mano sobre la perilla de la puerta, cuando escuché al interior una respiración acelerada. Mi primer pensamiento fue que Edith podría estar sufriendo una ataque respiratorio o algo parecido, mi impulso habría sido entonces abrir la puerta de prisa e intentar ayudarla. Afortunadamente ese primer pensamiento fue detenido, diría que fue tacleado y atacado salvajemente por otros pensamientos mejores. Una respiración agitada podría querer decir otras cosas. Edith se masturbaba. Edith veía pornografía. Edith se masturbaba viendo pornografía. Edith tocaba sus senos por debajo o por encima de la ropa. Edith fantaseaba conmigo sobre mi propia cama. Edith modelaba para un sitio de webcams. Edith había salido de mi habitación en cuanto yo me fui, para vovler con un dildo en la mano o en su debido lugar. Edith se masturbaba con mi tripié de fotografía, al respecto del cual solíamos hacer bromas en doble sentido. Edith utilizaba mi cámara para fotografiarse desnuda.
Con nuevos y mejores pensamientos, mi impulso fue girar la perilla muy despacio y empujar la puerta sólo hasta tener una pequeña ranura por la que espiar. Por ese breve espacio se materializó la verdad y se evaporaron mis suposiciones. Edith estaba sentada sobre mi cama, rodeada por mis boxers; los había sacado todos. Mi cajón estaba abierto del todo y algunos calcetines colgaban de los bordes o estaban tirados en el suelo, estos daños colaterales revelaban que abrió el cajón casi con violencia y tomo mis prendas sin importarle el orden ni nada más, debía estar poseída por un ímpetu imparable.
Uno o dos boxers hechos bolita habían sido colocados a presión entre sus piernas a la altura de su vulva y al parecer los apretaba con fuerza. Con la mano izquierda se frotaba el cuello con otros de color azul, mientras la mano derecha llevaba boxers, uno por uno, a su nariz. Los olía con insistencia, como si buscara algo, como si fuera imperativo encontrar algo entre la tela que sólo podía integrarse a su fantasía vía el olfato. Cuando terminó de olerlos todos hizo un gesto entre desesperación, frustración y molestia. Repasó algunos, pero evidentemente no encontraba lo que quería. Se puso en pie y caminó hasta mi cesto de ropa sucia, allí buscó, pero no encontraría nada, yo había lavado por la mañana. Fue entonces que entendí lo que buscaba: no era sólo cuestión de los boxers, no eran sólo las prendas, no era una cuestión textil. Los fetiches debían revelar el lugar al que pertenecían, debían revelar que hacían su trabajo sobre mi piel, debían estar impregnados de mí y la prueba sólo la daría el olfato.
¿Qué fetichista quiere tener la nariz impregnada de pinche suavitel? La esencia del dueño es lo que hace fetiche al fetiche, de otro modo podrían ser unos boxers del aparador de una tienda. El placer, como empecé a entender entonces, viene de adivinar, suponer y fantasear el contacto que el fetiche tiene con su dueño. No es el objeto, sino el hecho de que el objeto ha estado allí, de que ha adquirido algo de su dueño, de que lo representa.
¿Qué fetichista quiere tener la nariz impregnada de pinche suavitel? La esencia del dueño es lo que hace fetiche al fetiche, de otro modo podrían ser unos boxers del aparador de una tienda. El placer, como empecé a entender entonces, viene de adivinar, suponer y fantasear el contacto que el fetiche tiene con su dueño. No es el objeto, sino el hecho de que el objeto ha estado allí, de que ha adquirido algo de su dueño, de que lo representa.
Al caer en cuenta de esto, me invadió la desesperación. Los únicos boxers en esas condiciones los traía puestos en el momento. Saber que ella no encontraría lo que deseaba me llevó a sentir su frustración en mi propia carne. No podía permitirlo, era inhumano dejarla allí desprotegida e incapaz de satisfacer sus necesidades sensuales. El gozo erótico es el derecho humano que no figura en la lista y es a la vez el único que a todos nos iguala. No podía, pues, permitirlo. Debía tomar acción.
En esas milésimas de segundo que tomó a mi cerebro pasar de la angustia a la resolución de actuar, se me escapó un gemido de preocupación. Ella lo escuchó, giró la cabeza y alcanzó a ver la puerta entreabierta. No sé si alcanzó a verme a mí, pues en ese instante mi mente ya había tomado una decisión y yo corrí al baño. Ella se puso de pie y alcanzó la puerta, se asomó al pasillo y preguntó con timidez "¿hay alguien allí?" Abrí entonces la puerta del baño, que estaba casi frente a la de mi habitación. Ella se asustó un poco. No quise permitir que el miedo o la vergüenza le robaran el momento de excitación, así que de inmediato le ofrecí lo que llevaba en mi mano: mis boxers.
Ciertamente el miedo y la vergüenza ya había hecho acto de presencia, pero el deseo prevaleció, después de todo estaba justo frente a ella aquello que quería. Extendió la mano y los tomó con un gesto entre el desconcierto y el agredecimiento. Corrió al interior de mi habitación y se cuidó de no cerrar la puerta por completo, lo había entendido todo. Así que cumplí con mi parte y me asomé por la ranura.
Recostada sobre mi cama los olió; primero con un poco de agitación, quería comprobar que su presa era genuina, que era aquello que deseaba; luego lo hizo con más calma e inhalando con profundidad - habiendo comprobado que eran verdaderos, se tomaba el tiempo de impregnar su propio interior del aroma de mi sudor y de mis hormonas. Después inhaló por la boca. Como si la poca cantidad de mí que entraba por su nariz fuera insuficiente y la asfixiara, inhaló como quien sale a la superficie del mar después de estar a punto de ahogarse. Entonces vi a la tela formar una pequeña protuberancia en el lugar donde debía estar su boca: los lamía. Inmediatamente los mordisqueaba, los aprisionaba entre los labios, los introducía más o menos profundamente en su boca, los presionaba contra su rostro como si se colocara una segunda piel. En pocas palabras, intentaba averiguar todas las formas posibles de relación entre mi ropa y su boca.
Tras el episodio oral, descubrió sus senos. Sí. Esos senos que eran tal como yo los había supuesto. Frotó sus pechos con mis boxers. Pude ver cómo se abrían los poros de su piel. Pude ver cómo sus pezones se endurecían gradualmente, hasta el punto en el que el borde de la prenda - el resorte - se atoró con uno de ellos y ella jaló con suficiente fuerza para que al liberarse la tela del pezón, su seno entero se agitara.
Finalmente tomó mi prenda con ambas manos y la introdujo bajo sus pantalones. Se masturbó durante días y meses y aún sigue frotando su clítoris con esa tela llena de mí y aún lo hará por años, porque no le permitiré que deje de hacerlo, una muestra de amistad así, se recuerda hasta la tumba.
Recostada sobre mi cama los olió; primero con un poco de agitación, quería comprobar que su presa era genuina, que era aquello que deseaba; luego lo hizo con más calma e inhalando con profundidad - habiendo comprobado que eran verdaderos, se tomaba el tiempo de impregnar su propio interior del aroma de mi sudor y de mis hormonas. Después inhaló por la boca. Como si la poca cantidad de mí que entraba por su nariz fuera insuficiente y la asfixiara, inhaló como quien sale a la superficie del mar después de estar a punto de ahogarse. Entonces vi a la tela formar una pequeña protuberancia en el lugar donde debía estar su boca: los lamía. Inmediatamente los mordisqueaba, los aprisionaba entre los labios, los introducía más o menos profundamente en su boca, los presionaba contra su rostro como si se colocara una segunda piel. En pocas palabras, intentaba averiguar todas las formas posibles de relación entre mi ropa y su boca.
Tras el episodio oral, descubrió sus senos. Sí. Esos senos que eran tal como yo los había supuesto. Frotó sus pechos con mis boxers. Pude ver cómo se abrían los poros de su piel. Pude ver cómo sus pezones se endurecían gradualmente, hasta el punto en el que el borde de la prenda - el resorte - se atoró con uno de ellos y ella jaló con suficiente fuerza para que al liberarse la tela del pezón, su seno entero se agitara.
Finalmente tomó mi prenda con ambas manos y la introdujo bajo sus pantalones. Se masturbó durante días y meses y aún sigue frotando su clítoris con esa tela llena de mí y aún lo hará por años, porque no le permitiré que deje de hacerlo, una muestra de amistad así, se recuerda hasta la tumba.
Instantánea I
En el centro de la cocina Ella y yo. Yo de pie, mis pantalones en el suelo, mis manos tras su cabeza, mis ojos fijos en su escote y mi boca abierta exhalando. Ella de rodillas, mis pantalones de bajo de ellas, sus manos sobre mis muslos, sus ojos cerrados y sus labios trabajándome.
Por la puerta abierta frente a mí entró Él. Ella no se inmutó, no lo podía ver. Él mostró sorpresa e hizo ademán de retirarse, como si no quisiera interrumpir. Pero lo cierto es que quería interrumpir, yo lo sabía. Él deseaba a Ella y sentía celos de que ella se acostara conmigo y con otros, pero no con él. Aunque a nosotros nos divertía burlarnos de sus celos, yo no le tenía a Él ningún rencor, de hecho me simpatizaba. A decir verdad, Ella tampoco le tenía ningún rencor.
Miré a Él y con calma, como si fuera cosa de todos los días, lo invité con un gesto a quedarse. Detuvo el ademán de irse, pero había duda en él. Así que le dije a Ella, en voz baja pero audible para Él: "Espera, linda, quédate allí y no abras los ojos, ya vuelvo". Di un paso atrás y con un gesto se la ofrecí a Él.
Por supuesto que no pudo negarse, viéndola allí, en el suelo, arrodillada, con la boca abierta esperando un pene para satisfacerse. Sería una grosería dejarla así. La rodeó mientras se desabrochaba el pantalón y cuando tuvo su pene afuera y lo acercó a la boca de Ella, yo dije: "Listo, ya volví, sigue". Ella acercó sus manos a donde antes había estado mi pene, tomó el de Él y siguió su labor, ahora con más entusiasmo.
Él lo gozaba, no sólo el sexo oral, también el poder que significaba engañarla. Era el poder de tomar mi lugar con Ella, que siempre lo había rechazado y ahora estaba a su merced, entregada por mí en bandeja de plata. Era el poder del macho alfa al que un segundo humillado le cede la mejor parte de la presa. Su gesto lo delataba.
Ella y yo lo disfrutábamos de un modo muy parecido al de Él. El mayor gozo erótico no venía para nosotros del sexo oral de Ella ni del voyerismo mío, el placer venía del poder del doble engaño. A fin de cuentas, tal vez Ella y yo sí le teníamos alguna antipatía, nos daba entre risa y pena su patética sensación de poder. En ese momento, para nuestros adentros, no podíamos evitar burlarnos de él, como lo habíamos hecho al planearlo y como lo haríamos después al comentarlo.
Cortesía de la casa
Carne que se desgarra. Un árbol que cae. Un culatazo de alto calibre. El zarpazo de un oso. Agrega la imagen que quieras a la lista. Justo con esa energía las descargas salidas de mi cerebro obligaban a mis pupilas, cientos de veces por segundo, a no apartar la vista de ella. No podía desatender, necesitaba comprender tanto como se necesita el aire. Todo había ocurrido demasiado rápido, con una violencia que nunca creí si quiera existente. Lo que tenía frente a mí, sin embargo, no podía ya explicarme nada. La escena: su cabello castaño abierto en abanico, la sangre rubí derramada, su cuerpo pálido inmóvil sobre la cama y mi rabia contenida que se mezclaba con el éxtasis provocado por lo inusualmente excitante de la experiencia.
En cuanto recuperé el dominio sobre mí, corrí al lavabo y me enjuagué la boca, aún había sangre fresca. Volví a la cama, estaba vacía. Ella me miraba desde la esquina de la habitación, su cabello cubría sus pequeños senos. Habló:
- ¿Y? ¿Te gustó?
Así nomás, la señorita preguntaba que si me gustó que me partieran la cara durante el sexo, hasta el punto de hacerme sangrar. Nunca preguntó si yo quería, no me advirtió que lo haría, no era parte del trato y, ciertamente, no lo calculé cuando le di mi tarifa.
Al principio el sexo era incluso aburrido. En algún momento reaccionó ante una caricia como si hubiera sido una agresión, pero también dejándome ver que se trataba no de una reacción, sino de una petición. Le gusta intenso, pensé. Me puse más agresivo, aunque todavía más rayano en lo pasional que en lo brutal, las nalgadas, la mano en torno al cuello o los sopapos en los pechos. Cada vez que ella pedía más con la mirada, yo incrementaba la fuerza, la presión o la frecuencia, pero también comenzaba a preguntarme hasta dónde podría seguir sin hacerle daño.
Estábamos haciendo el barco de vela cuando dudé y no logré penetrarla con la fuerza que ella pedía. Fue entonces que ella sacudió su cadera para poner más fuerza a la penetración, pero algo había cambiado, su cadera se movía como castigándome por no haberlo logrado. A partir de entonces empezó una coreografía con sólo tres movimientos. Ella pedía más, yo no podía darlo y ella me castigaba incrementando su agresividad. Yo no podía, de hecho, hacerlo más fuerte, aunque así lo hubiera querido, aunque me sintiera ligeramente humillado y quisiera recuperar mi papel siempre preponderante. El guión estaba escrito y no me atreví a modificarlo. Después todo fue in crescendo.
- ¿Y? ¿Te gustó?
Yo le pedía más con la mirada.
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