martes, 18 de octubre de 2016

Instantánea I

En el centro de la cocina Ella y yo. Yo de pie, mis pantalones en el suelo, mis manos tras su cabeza, mis ojos fijos en su escote y mi boca abierta exhalando. Ella de rodillas, mis pantalones de bajo de ellas, sus manos sobre mis muslos, sus ojos cerrados y sus labios trabajándome. 
Por la puerta abierta frente a mí entró Él. Ella no se inmutó, no lo podía ver. Él mostró sorpresa e hizo ademán de retirarse, como si no quisiera interrumpir. Pero lo cierto es que quería interrumpir, yo lo sabía. Él deseaba a Ella y sentía celos de que ella se acostara conmigo y con otros, pero no con él. Aunque a nosotros nos divertía burlarnos de sus celos, yo no le tenía a Él ningún rencor, de hecho me simpatizaba. A decir verdad, Ella tampoco le tenía ningún rencor.
Miré a Él y con calma, como si fuera cosa de todos los días, lo invité con un gesto a quedarse. Detuvo el ademán de irse, pero había duda en él. Así que le dije a Ella, en voz baja pero audible para Él: "Espera, linda, quédate allí y no abras los ojos, ya vuelvo". Di un paso atrás y con un gesto se la ofrecí a Él.
Por supuesto que no pudo negarse, viéndola allí, en el suelo, arrodillada, con la boca abierta esperando un pene para satisfacerse. Sería una grosería dejarla así. La rodeó mientras se desabrochaba el pantalón y cuando tuvo su pene afuera y lo acercó a la boca de Ella, yo dije: "Listo, ya volví, sigue". Ella acercó sus manos a donde antes había estado mi pene, tomó el de Él y siguió su labor, ahora con más entusiasmo.
Él lo gozaba, no sólo el sexo oral, también el poder que significaba engañarla. Era el poder de tomar mi lugar con Ella, que siempre lo había rechazado y ahora estaba a su merced, entregada por mí en bandeja de plata. Era el poder del macho alfa al que un segundo humillado le cede la mejor parte de la presa. Su gesto lo delataba.
Ella y yo lo disfrutábamos de un modo muy parecido al de Él. El mayor gozo erótico no venía para nosotros del sexo oral de Ella ni del voyerismo mío, el placer venía del poder del doble engaño. A fin de cuentas, tal vez Ella y yo sí le teníamos alguna antipatía, nos daba entre risa y pena su patética sensación de poder. En ese momento, para nuestros adentros, no podíamos evitar burlarnos de él, como lo habíamos hecho al planearlo y como lo haríamos después al comentarlo.

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