martes, 18 de octubre de 2016

Solidaridad

Tuve una experiencia importante que me ayudó a confirmarme en mi vocación hacia el cuerpo... hacia el El Cuerpo. Edith - por supuesto no es ese su nombre real - era mi roomie, una de tres en el departamento que rentábamos entre estudiantes. Edith era mitad sueca, cosa difícil de suponer porque los genes recesivos de su rubia madre cedieron ante el nachonal pagüer de su morelense padre. Estatura alta - único rastro de su origen escandinavo -  cabello negro con el brillo que tienen los objetos realmente obscuros como el carbón o la obsidiana, ojos con esa forma de avellana nativa del México profundo, nariz ligeramente abombada en la punta, piel del tono moreno que tiene el olor de la tierra después de llover, cejas fuertes como las de Keira Knightley, boca pequeña y suave como para conducirla poco a poco hacia un beso, dos senos llegando a tamaño mediano - de los que hablaré más adelante - cintura a penas presente, caderas que hacían buena pareja con los senos y, last but not least, piernas sinceras y firmes, que aunque no destacarían en ningún concurso de modelos, a mí me encantaban por el modo tan despreocupado e infantilmente coqueto con que las lucía en sus minifaldas. 
Esa era Edith y sus senos eran un tema. Fantaseaba con ellos de muchos modos. Pero mi versión favorita del fantaseo es intentar adivinar su forma El tamaño de los senos es siempre engañoso por culpa de los brazieres, que no están diseñados a partir de los distintos tipos de pechos, están hechos como si todos los senos estuvieran perfectamente orientados hacia el frente. Los frabricantes de brazieres suelen ignorar que los senos son una materia de complejidad infinita, con variables múltiples, volúmenes, espacios de separación, orientaciones de caída, tipos de abultamiento, altura de inicio sobre el pecho, pero también altura a la que se despegan del mismo en su parte inferior - si lo hacen - lo que incide junto con su volúmen en el hecho de que se plieguen o no sobre el tórax... Y mil cosas más. El punto es sobre los pechos de Edith que, yo calculaba, eran de esos que tienden a caer hacia los lados y que tenían una forma ligeramente puntiaguda hacia el pezón.
Esos eran los senos de Edith, de los que obtuve sufientes pistas gracias a la vida en una misma casa. Edith era mi amiga y roomie y yo dedicaba tiempo a fantasear sexualmente sobre ella, aunque no por ello la veía sólo como un posible acostón. Es como cuando vas al cine y sales fantaseando sobre qué habrías hecho en el lugar del protagonista, eso no quiere decir que te propongas seriamente ser un agente secreto, ni una patinadora olímpica. Tampoco quiere decir que no lo harías si pudieras. Es sólo que la mente vuela y juega, algunos hombres tenemos ciertos deseos y tenemos amigas con cuerpos atractivos y la mente vuela y juega. Sí podíamos ser sinceramente amigos, independientemente de que yo a veces soñara con metérmele entre las piernas. Así que frecuentemente Edith y yo visitábamos la habitación del otro nada más que para platicar, hacer la tarea en compañía o ver videos tontos en internet. 
Más frecuentemente ella visitaba mi cuarto, porque el módem me quedaba más cerca. En una de esas ocasiones salí para ir a clase y ella se quedó en mi cuarto. Casi al llegar a la universidad recordé que el profesor había cancelado la clase, saldría a un congreso. Decidí volver a casa. 
Ya de vuelta, estaba a punto de entrar a mi cuarto, apenas había colocado la mano sobre la perilla de la puerta, cuando escuché al interior una respiración acelerada. Mi primer pensamiento fue que Edith podría estar sufriendo una ataque respiratorio o algo parecido, mi impulso habría sido entonces abrir la puerta de prisa e intentar ayudarla. Afortunadamente ese primer pensamiento fue detenido, diría que fue tacleado y atacado salvajemente por otros pensamientos mejores. Una respiración agitada podría querer decir otras cosas. Edith se masturbaba. Edith veía pornografía. Edith se masturbaba viendo pornografía. Edith tocaba sus senos por debajo o por encima de la ropa. Edith fantaseaba conmigo sobre mi propia cama. Edith modelaba para un sitio de webcams. Edith había salido de mi habitación en cuanto yo me fui, para vovler con un dildo en la mano o en su debido lugar. Edith se masturbaba con mi tripié de fotografía, al respecto del cual solíamos hacer bromas en doble sentido. Edith utilizaba mi cámara para fotografiarse desnuda. 
Con nuevos y mejores pensamientos, mi impulso fue girar la perilla muy despacio y empujar la puerta sólo hasta tener una pequeña ranura por la que espiar. Por ese breve espacio se materializó la verdad y se evaporaron mis suposiciones. Edith estaba sentada sobre mi cama, rodeada por mis boxers; los había sacado todos. Mi cajón estaba abierto del todo y algunos calcetines colgaban de los bordes o estaban tirados en el suelo, estos daños colaterales revelaban que abrió el cajón casi con violencia y tomo mis prendas sin importarle el orden ni nada más, debía estar poseída por un ímpetu imparable. 
Uno o dos boxers hechos bolita habían sido colocados a presión entre sus piernas a la altura de su vulva y al parecer los apretaba con fuerza. Con la mano izquierda se frotaba el cuello con otros de color azul, mientras la mano derecha llevaba boxers, uno por uno, a su nariz. Los olía con insistencia, como si buscara algo, como si fuera imperativo encontrar algo entre la tela que sólo podía integrarse a su fantasía vía el olfato. Cuando terminó de olerlos todos hizo un gesto entre desesperación, frustración y molestia. Repasó algunos, pero evidentemente no encontraba lo que quería. Se puso en pie y caminó hasta mi cesto de ropa sucia, allí buscó, pero no encontraría nada, yo había lavado por la mañana. Fue entonces que entendí lo que buscaba: no era sólo cuestión de los boxers, no eran sólo las prendas, no era una cuestión textil. Los fetiches debían revelar el lugar al que pertenecían, debían revelar que hacían su trabajo sobre mi piel, debían estar impregnados de mí y la prueba sólo la daría el olfato.
¿Qué fetichista quiere tener la nariz impregnada de pinche suavitel? La esencia del dueño es lo que hace fetiche al fetiche, de otro modo podrían ser unos boxers del aparador de una tienda. El placer, como empecé a entender entonces, viene de adivinar, suponer y fantasear el contacto que el fetiche tiene con su dueño. No es el objeto, sino el hecho de que el objeto ha estado allí, de que ha adquirido algo de su dueño, de que lo representa.
Al caer en cuenta de esto, me invadió la desesperación. Los únicos boxers en esas condiciones los traía puestos en el momento. Saber que ella no encontraría lo que deseaba me llevó a sentir su frustración en mi propia carne. No podía permitirlo, era inhumano dejarla allí desprotegida e incapaz de satisfacer sus necesidades sensuales. El gozo erótico es el derecho humano que no figura en la lista y es a la vez el único que a todos nos iguala. No podía, pues, permitirlo. Debía tomar acción.
En esas milésimas de segundo que tomó a mi cerebro pasar de la angustia a la resolución de actuar, se me escapó un gemido de preocupación. Ella lo escuchó, giró la cabeza y alcanzó a ver la puerta entreabierta. No sé si alcanzó a verme a mí, pues en ese instante mi mente ya había tomado una decisión y yo corrí al baño. Ella se puso de pie y alcanzó la puerta, se asomó al pasillo y preguntó con timidez "¿hay alguien allí?" Abrí entonces la puerta del baño, que estaba casi frente a la de mi habitación. Ella se asustó un poco. No quise permitir que el miedo o la vergüenza le robaran el momento de excitación, así que de inmediato le ofrecí lo que llevaba en mi mano: mis boxers.
Ciertamente el miedo y la vergüenza ya había hecho acto de presencia, pero el deseo prevaleció, después de todo estaba justo frente a ella aquello que quería. Extendió la mano y los tomó con un gesto entre el desconcierto y el agredecimiento. Corrió al interior de mi habitación y se cuidó de no cerrar la puerta por completo, lo había entendido todo. Así que cumplí con mi parte y me asomé por la ranura.
Recostada sobre mi cama los olió; primero con un poco de agitación, quería comprobar que su presa era genuina, que era aquello que deseaba; luego lo hizo con más calma e inhalando con profundidad - habiendo comprobado que eran verdaderos, se tomaba el tiempo de impregnar su propio interior del aroma de mi sudor y de mis hormonas. Después inhaló por la boca. Como si la poca cantidad de mí que entraba por su nariz fuera insuficiente y la asfixiara, inhaló como quien sale a la superficie del mar después de estar a punto de ahogarse. Entonces vi a la tela formar una pequeña protuberancia en el lugar donde debía estar su boca: los lamía. Inmediatamente los mordisqueaba, los aprisionaba entre los labios, los introducía más o menos profundamente en su boca, los presionaba contra su rostro como si se colocara una segunda piel. En pocas palabras, intentaba averiguar todas las formas posibles de relación entre mi ropa y su boca. 
Tras el episodio oral, descubrió sus senos. Sí. Esos senos que eran tal como yo los había supuesto. Frotó sus pechos con mis boxers. Pude ver cómo se abrían los poros de su piel. Pude ver cómo sus pezones se endurecían gradualmente, hasta el punto en el que el borde de la prenda - el resorte - se atoró con uno de ellos y ella jaló con suficiente fuerza para que al liberarse la tela del pezón, su seno entero se agitara. 
Finalmente tomó mi prenda con ambas manos y la introdujo bajo sus pantalones. Se masturbó durante días y meses y aún sigue frotando su clítoris con esa tela llena de mí y aún lo hará por años, porque no le permitiré que deje de hacerlo, una muestra de amistad así, se recuerda hasta la tumba.

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