sábado, 5 de noviembre de 2016

Traición

Nuestra historia fue pervertida. Alevosía. Ventaja. Ultraje. Fuimos víctimas de los humanos menos.
Nosotros fuimos los humanos que más sinceridad demostraban ante nuestras propias almas, nuestras pulsiones, nuestros deseos. Nunca escondimos nada.
Para vivir necesitábamos los fluidos más vitales, los que transmiten la creación de la vida, pero entregados a voluntad propia, porque ese es el gozo de la vida misma: la entrega en libertad. El blanco semen de los hombres y el rojo periodo de las mujeres nos nutrían. Y nos solían ser entregados a voluntad porque pagábamos muy bien por ellos, nuestras recompensas venían de los rincones más desconocidos de nuestros propios cuerpos y traían el recuerdo del nacimiento mismo, el momento de la luz, del primer respiro tras haber vencido el dolor y el esfuerzo, la totalidad en un instante. Cambiábamos vida por vida, traíamos la conciencia de estar en esta tierra y en estos cuerpos en sus movimientos, en sus sudores, en sus roces, en sus fricciones, en sus espasmos, en sus sacudidas, en sus sonidos, en sus aires, en sus vahos, en sus vísceras, en sus olores: celebrábamos cada cosa que nos mantenía aquí y ahora.
El miedo azotó los sentidos de muchos humanos, trastocaron los significados y donde había gozo inventaron el pecado, donde libertad, la moral. Sus almas injustificables olvidaron que el semen es blanco y se deposita en el negro interior del cuerpo y en su miedo nos reinventaron como mentira. Hablaron de colmillos desgarradores, cuando nosotros enseñábamos a usarlos para erizar los vellos de la piel. Hablaron de drenar la sangre de los cuellos, cuando en los cuellos nosotros veíamos interminables pergaminos que clamaban la tinta de la lengua. Hablaron como malvada de nuestra amistad con las criaturas de la noche, cuando de ellas aprendíamos nuevas posiciones y llamados. Hablaron de magias tenebrosas, cuando la única magia que teníamos era la de inventar formas de intimidad.
Upir, wampir, vampir, vampiros, dijeron. Eso nos impusieron puesto que eso mismo es lo único que ellos podían ser, ladrones de la vida en sus túnicas, sus títulos, sus profecías y sus mandamientos.

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